El país que obliga a su gobierno a pedir permiso
En Suiza el gobierno no toca la Constitución sin preguntar.
Cada reforma.
Pasa por referéndum.
Obligatorio.
En 2001 votaron algo que en otros países se firma a puerta cerrada.
Cuánta deuda puede sacar su Estado.
El pueblo dijo:
Que en un año malo, pueden gastar un poco de más.
Pero al año siguiente, tienen que devolverlo gastando de menos.
Al final de esos años, las cuentas deben quedar igualadas.
No pueden acumular deuda para siempre y dejarla ahí, sin pagarla nunca.
Ochenta y cinco por ciento a favor de esto.
El principio de fondo es el mismo que defiende Milei en Argentina.
Ese al que pintan de loco, de ultra, de fascista.
Por sostener algo tan simple como lo que hace una familia de puertas adentro.
No gastar más de lo que se tiene.
En 2014 les tocó votar otra cosa.
Un salario mínimo nacional.
Veintidós francos la hora. El más alto del mundo, si ganaba el sí.
Lo proponían los sindicatos, la izquierda.
Con su falsa buena intención por delante.
Y el pueblo que dijo?
Que no!
Más del setenta y seis por ciento en contra.
No porque odiaran a los trabajadores.
Porque no querían que nadie, con buena intención, o con la intención disfrazada. Decidiera por decreto lo que vale una hora de su trabajo.
Y también porque saben leer la segunda y tercera derivada tras el cambio.
La que contamina el empleo tres años después de la foto bonita.
¿Y la gente se pregunta porque Suiza es tan rica?
Madurez, responsabilidad y conocimiento de su sociedad.
Ni siquiera cuando la propuesta suena bien (populista), delegan la decisión.
Deciden ellos.
Cada vez.
Porque fijaros.
El mismo que escribe la ley, controla el ejército.
El mismo que controla el ejército, decide la deuda.
El que saca la deuda fabrica el dinero con el que se paga.
¿No se ve la trampa?
Es de locos!
En Suiza esa cadena se corta en el segundo eslabón.
El gobierno no decide solo.
Lo decide el pueblo con conocimiento y responsabilidad.
Por escrito.
Una y otra vez.
Yo no puedo votar el freno de deuda de mi país.
Nadie me lo va a preguntar.
Pero puedo poner mi propio candado, donde el Estado no llega.
Ahorrar en algo que nadie somete a votación para devaluarlo.
Bitcoin no necesitó un setenta y seis por ciento para protegerse.