Escribí 200 páginas que no le servían a nadie

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No basta con eso de que si te esfuerzas mucho, si le metes horas, el mundo terminará reconociéndolo.

Yo me lo creí. Hasta que escribí un libro.
Doscientas páginas sobre el RGPD.
Sí, eso, la pesadez de aceptar cookies cada vez que entras a una web.
Un año entero.
Técnicamente impecable.
Necesario, me decía.

Regalé algunos ejemplares. Y ahí lo entendí, viéndolo en las caras de los míos.
Ni mi familia ni mis amigos iban a pagar por algo que no les servía.
Por mucho que me quisieran.
Por mucho que quisieran premiar mi esfuerzo.

Tu esfuerzo no es valor.
Es solo tu esfuerzo.
El valor lo decide quien recibe.

Ese baño de realidad tiene un nombre.
Y está mal visto: capitalismo de libre mercado.
Y es lo más honesto que existe.
Parece cruel, pero es justo.
Es el único sistema que no te miente sobre lo que vales.
Y el único que premia a quien sirve a otros antes que a sí mismo.

Quizás por eso los más odiados suelen ser los que más han dado.
No necesitas que Bezos (Amazon) te caiga bien para reconocer que comprar lo que quieras desde casa cambió la vida de millones.
Ni admirar a Jobs (Apple) para comunicarte desde el aparato que él imaginó.
Da igual lo que pienses de ellos. Te sirvieron, lo apruebes o no.

Y hay algo que lleva esta idea al extremo. Bitcoin.
El día que nació no valía nada. Cero.
Hoy esas mismas monedas valen una fortuna.
¿Qué cambió? Ni el esfuerzo, ni el código, ni la intención de su creador.
Cambió lo único que cambia siempre: lo que los demás decidieron reconocerle.

El valor nunca estuvo en la cosa.
Estuvo donde está siempre.
En quien lo recibe.

Hoy vuelvo a escribir sobre lo que a mí me importa.
Puede que vuelva a errar, una más entre tantas.
Pero esta vez no escribo para que reconozcan mi esfuerzo.
Escribo para servirte algo que te valga.

Y si no lo consigo, dímelo. Me lo habré ganado.

— IYUKO