Papá Estado me apagó algo
Jo!
Esta mañana fui a por pan.
Me crucé con un pobre.
Aparté la mirada.
Otra vez.
Yo no era así.
Antes pasaba de largo, me daba vergüenza, y a los cincuenta metros sacaba la cartera.
Me daba la vuelta.
Fingía que volvía por otra cosa.
Y le dejaba algo al cruzarme de nuevo.
Ridículo, lo sé.
Tú también lo has hecho?
Puede que muchos seamos así de ratitos.
Vemos a alguien cerca pasándolo mal y algo nos empuja a movernos.
Más todavía si es la familia.
O el amigo que se quedó sin curro.
Es un instinto viejo.
Anterior a cualquier ministerio de la ayuda social, pública y ecoresiliente.
Peeeero…
Con los años y tras generaciones del estado omnipresente.
Ese instinto se apagó.
Porque el papa estado ya dice: tranqui, ya me encargo yo.
Yo le doy la paguilla.
Yo le doy de comer.
Yo educo a sus hijos.
Yo me encargo de esto y de lo otro y de más allá.
Tú págame los impuestos y a otra cosa.
Y un día me sorprendí pensándolo yo también:
Para qué voy a dar nada, si ya está el Estado.
Vale.
Lo incómodo viene ahora.
El Estado reparte mal.
Muy mal.
Y peor: crea parásitos.
Gente enganchada que ya no se despega.
Es una maquina de crear dependencias.
Y ojo!
El que vive de la paguita no es el mayor problema.
El problema es el sistema que necesita producirlos para justificar su existencia.
Sus votos. Sus redes de clientela.
El estado de bienestar no falla cuando crea dependientes.
Tiene éxito.
Es muy loco todo!
La ayuda de verdad siempre fue de cerca.
La familia. El barrio. La asociación, La iglesia. El gremio. La cooperativa de toda la vida.
Yo creo que funcionaría mejor.
Como todo, las cosas de abajo hacia arriba.
De lo cercano a lo más lejano.
Porque hay tres cosas que el Estado no puede falsificar:
La cara. Sabes a quién ayudas.
Las cuentas. Lo das de tu bolsillo.
Las consecuencias. Si el otro abusa, dejas de dar.
Y eso no solo te hace mejor persona a ti, sino al otro también.
— JIYUKO